De acuerdo con la UNICEF,
cuando las comunidades son afectadas por un desastre y sus viviendas han sido
dañadas, lo más esperado es que se utilicen espacios y edificios públicos como
albergues hasta que puedan retornar a sus viviendas en condiciones de mayor
seguridad. Entre los lugares que sirven como albergues se encuentran
polideportivos, centros culturales, casa comunales, iglesias, escuelas, etc.
Sin embargo, el emplear las
escuelas como refugios temporales trae como consecuencias: la interrupción del
proceso enseñanza aprendizaje, el deterioro de las aulas y laboratorios, el uso
inadecuado del inmobiliario y equipo, el daño de los servicios higiénicos, la
pérdida de útiles, materiales didácticos, etc. Todo ello contribuye a que al
intentar retomar las actividades escolares, las escuelas no estén disponibles.
Ante este hecho, se ha
tratado de inculcar el derecho a la educación en situaciones de emergencia,
pues se le considera un componente necesario de la asistencia temprana de
socorro en emergencias, pues ayuda a mantener la salud mental de los niñas y
niñas, permite reproducir los conocimientos educativos básicos para la sobrevivencia,
contribuye al futuro desarrollo de las capacidades y recursos.
Siempre debe haber una comunicación
estrecha entre los donantes y receptores.
Algunos materiales especiales
como equipo médico usado, tiendas de campaña y vacunas requieren algunas
especificaciones precisas como documentación detallada sobre los mismos.
Aplicar un sistema de
manejo de suministros que promueva la transparencia y la buena gestión de las
donaciones.
Considerar que cada desastre
es único y sus efectos sobre la salud dependen del grado de desarrollo del país
afectado.
Las donaciones deben
responder a las demandas reales de la zona afectada.
Se debe informar sobre lo
que se requiere y aquello lo que no se necesita.
La ayuda en emergencia debe
completar, no duplicar las medidas aplicadas por el país afectado.
Ante la ocurrencia de desastres,
muchas personas aparecen con ideas
preconcebidas acerca de la secuelas que traerán consigo, cómo se generan, quienes
son los responsables, a quienes les compete actuar, etc.
Los desastres debido a su
magnitud e intensidad han traído como consecuencia la generación de ciertos
mitos, los cuales se han mantenido en tiempo y espacio; es así que se aprecia que
un mismo mito puede instalarse en distintas culturas alrededor del mundo y
permanecer por décadas. Ante ello, surge las siguientes interrogantes: ¿Qué es
un mito? ¿Por qué surgen los mitos y se sostienen en el tiempo?
Según la Organización
Panamericana de Salud – OPS (2005), un mito es “un relato de una secuencia
histórica real cuya evocación o invocación sirve para organizar lo imaginario
social y para cargar de afectividad el presente”. Su finalidad es dar
explicación al origen de la vida y a las demás cuestiones filosóficas
tradicionales.
“Estas creencias se
constituyen en piedras angulares de las culturas y se reproducen entre
generaciones; su origen se encuentra en alguna situación real, combinada con una
interpretación subjetiva y modificada a través del tiempo. Así los mitos se
reproducen como ideas no fundamentadas que explican algo que requiere explicación.
Se sostienen en el tiempo porque la gente necesita creer en algo que dote de
significado los hechos, sobre todo los más complejos, como los desastres, que
traen sufrimiento, inestabilidad y muchas veces el caos” (OPS, 2005).
No obstante, los medios de comunicación
juegan un papel importante en la reproducción de los mitos, ya que muchas veces
brindan información inadecuada o no válida a la población que se encuentra afectada por la conmoción
ante dichos sucesos, generando aún más temor, en lugar de dilucidar sus dudas y
miedos. Es por ello que resulta primordial brindar información que responda a
las inquietudes de la población y les permita disipar dudas y temores, con una visión participativa de la
comunicación, que actúe como vía posible para la desmitificación.
La OPS lleva alrededor de 20
años haciendo esfuerzos por disipar esos mitos; sin embargo, aún hoy en día
mucho de ellos siguen vigentes.
De acuerdo con la OPS, entre
los principales mitos y realidades se encuentran:
Mito
1: Los desastres son naturales.
Realidad:
“Los
desastres no son naturales, son sociales”.
Los desastres no son
naturales, puesto que surgen a causa de factores físicos, sociales, políticos,
económicos y ambientales, siendo nuestra responsabilidad la construcción del
riesgo, por las actividades humanas mal planificadas y en ocasiones
inescrupulosas que se realizan en zonas de riesgo. Las condiciones de vulnerabilidad
de la población aumentan el riesgo de sufrir desastres.
Mito
2: Las epidemias y plagas por presencia
de cadáveres son inevitables después de un desastre y requieren una vacunación
masiva.
Realidad:
“Las
epidemias no surgen espontáneamente después de un desastre, y los cadáveres no
causarán brotes catastróficos de enfermedades exóticas. Ni se requiere
vacunación masiva a la población afectada. La clave para prevenir las
enfermedades es mejorar las condiciones sanitarias y educar la población”.
Las epidemias provienen de
enfermedades endémicas del área o por trasladar a un número amplio de personas
a lugares insalubres y en condiciones de hacinamiento. Cubado los cadáveres contaminan el agua de los arroyos, pozos u otras
fuentes de agua, podrían transmitir gastroenteritis o síndromes de intoxicación
alimenticia a los sobrevivientes. Resulta más probable que sean los
sobrevivientes los que originen brotes de enfermedad. La vacunación implica dos
a tres inyecciones a intervalos de 2 – 4
semanas para la inmunización primaria, mas no se cuenta con vacunas para
enfermedades transmisibles, por lo que no se justifica, a no ser que las medidas
sanitarias recomendadas no hagan efecto.
Mito
3: Cualquier ayuda en situaciones de
desastre es mejor que nada.
Realidad:
“El
despliegue indiscriminado de donaciones o ayuda por parte de la comunidad nacional,
local o internacional a los afectados sin evaluación de necesidades, genera una
inadecuada gestión de los recursos”.
La ayuda debe enmarcarse en
base a las características y el impacto del evento. Las donaciones no solicitadas
ocupan personal, espacio, equipo, suministros valiosos y recargan aún más los
sistemas de transporte, impidiendo concentrar la atención en las necesidades
urgentes de la zona afectada.
Mito
4: Después de un desastre todo regresa a
la normalidad en pocas semanas.
Realidad:
“Los
efectos en las personas, la infraestructura y el ambiente duran mucho tiempo:
desde meses hasta años. La atención de la emergencia o desastre desde el punto
de vista operativo no significa que todo concluye, al contrario los procesos de
rehabilitación y sobre todo reconstrucción, inician en su mayoría aislados a
programas de desarrollo”.
Las limitaciones propias de
las capacidades nacionales en términos de recursos, planificación,
procedimientos e instrumentos institucionales, entre otros explican los largos
períodos en acciones de reconstrucción.
Mito
5: Únicamente el personal y los servicios
especializados pueden afrontar la problemática de salud mental en torno a los desastres.
Realidad:
“El
apoyo en salud mental puede provenir de grupos no especializados como la misma
familia, grupos comunitarios, medios de comunicación social, personal de salud,
etc.”.
Es importante que grupos y
personas tengan formación e información acerca de la atención psicológica en
desastres, orientación en crisis y manejo de grupos, con el fin de hacerlo
conscientemente con previa preparación.
Mito
6: La prevención de los desastres es un
gasto.
Realidad:
“La
prevención es una inversión en trasformaciones que reducen el riesgo a
desastres y por tanto, los daños económicos, sociales y ambientales.”.
La prevención debe ser parte
de una política de desarrollo que promueva acciones de reducción del riesgo,
mediante la adecuada planificación nacional, que involucre diversos actores
sociales, con el fin de lograr el compromiso para alcanzar la sostenibilidad a
corto, mediano y largo plazo.
Mito
7: La población afectada está demasiado
conmocionada e indefensa para asumir la responsabilidad de su propia
supervivencia.
Realidad:
“Por
el contrario, muchas personas encuentran nuevas fuerzas durante una emergencia,
y así han demostrado los miles de voluntarios que se unen para colaborar en
labores de asistencia”.
Mito
8: La responsabilidad de brindar la
respuesta en las emergencias le corresponde únicamente al gobierno o
autoridades.
Realidad:
“En
situaciones de emergencia o desastre todos los actores sociales tiene la
responsabilidad y/o juegan un papel importante en las acciones de respuesta que
se realizan a nivel familiar, comunal, local, regional o nacional”.
El pensar que sólo el
gobierno o las instituciones del estado tiene el cargo de salvaguardar la vida
humana, genera pasividad entre la población y establece dependencia.